El renacer de Camboya

La primera parada de Camboya fue en Siem Reap, al Norte del país. Esta ciudad es conocida principalmente por dos cosas: la fiesta nocturna y los templos de Angkor. Como llegamos de noche no hubo ni siquiera que elegir, así que dejamos las mochilas en el hostel y fuimos a tomarnos unas cervezas en el Pub Street, que es una calle llena de bares y discotecas con la música más alta que he escuchado en mi vida, sin exagerar. Tenían los altavoces apilados a modo de montañas en las puertas de las discotecas. Nos sorprendió ver que la mayoría de las discotecas estaban llenas de locales y no de occidentales, como ocurre en el resto de ciudades turísticas, y que encima eran unos asiáticos súper fiesteros. Aunque como en toda fiesta asiática también había Lady Boys incordiando, así que hubo que tocar retirada al hostel.

Al día siguiente decidimos no hacer absolutamente nada. Y es que aunque no lo parezca, estar todo el día viajando cansa muchísimo. Necesitábamos tener un día de tirados en la cama, de piscina y de siesta, sobre todo de siesta. Cenamos una rica pizza y nos fuimos a dormir en seguida porque habíamos reservado un pack para ver el amanecer en los templos de Angkor, por lo que a las 4 a.m. había que estar en planta. Como es lógico, nada más levantarnos nos arrepentimos de tal decisión, seguro que el atardecer habría sido igual de bonito pensamos. Los templos de Angkor están formados por un amplio grupo de templos a lo largo de varios kilómetros, pero el más famoso es el que da origen al nombre Angkor. Es famoso el amanecer porque el sol sale justo por detrás del templo y hay un lago delante donde se refleja todo el conjunto. Lo que no imaginábamos en la vida es que eso iba a ser como ir al Black Friday. Había millones de personas, todas apostadas frente al lago con los móviles preparados para sacar la mejor foto, pero ni siquiera se quedaron unos minutos a contemplarlo. No obstante, el resto de templos de la visita estaban mucho menos llenos y se podían contemplar más tranquilamente. Nos impresionaron gratamente el templo de Bayon y el de la película de Tomb Raider, famoso por las raíces de árboles incrustándose en sus paredes.

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Con el objetivo de alejarnos un poco de los lugares más turísticos decidimos parar en Battambang, y menudo acierto. Nos encontramos con una ciudad super tranquila, con un montón de vida diurna, muchos templos que visitar y un maravilloso legado Francés llamado Baguettes. Gran parte de los países de indochina fueron colonias francesas hasta mediados del S.XX y Camboya fue uno de los más importantes, así que nosotros aprovechamos para disfrutar de una maravillosa tortilla francesa con baguette. Después de 3 meses viajando un poco de pan en condiciones no tiene precio.

Tras despedirnos de nuestra amada Battambang pusimos rumbo a la capital, Phnom Penh. Llegamos subidos en una pickup como de costumbre, pero encontrarla no fue tan fácil como parecía. En Camboya no había apenas pickups y los únicos coches que se paraban eran taxis, así que hubo que emplearse a fondo para conseguir que alguien se parase haciendo autostop. Al instante de entrar en Phnom Penh nos dimos cuenta de nuevo de que no éramos chicos de grandes ciudades: todos esos edificios, la contaminación, los millones de vehículos y de personas, un estrés absoluto. Aún así fue una de las ciudades que más nos ha marcado sin duda alguna en el viaje, ya que está completamente cargada de historia. A grosso modo, entre 1975-79 Pol Pot y los jémeres rojos iniciaron una dictadura en Camboya que se denominó la Kampuchea Democrática, cuyo objetivo no era otro sino el de crear un país comunista orientado a la agricultura. De esta manera, todos los intelectuales fueron asesinados y el resto de la población fue forzosamente movilizada a los campos para trabajar en las plantaciones de arroz. Aquellos que no murieron de hambre trabajando en jornadas eternas en los arrozales lo hicieron a manos de los soldados. Se calcula que perdieron la vida más de 2 millones de personas, lo que en aquellos momentos representaba casi el 30% de la población total. Lo que diferencia este Genocidio a otros muchos que por desgracia han tenido lugar a lo largo de la historia fue su brutalidad: al ser un país pobre, mataban a las personas con herramientas del campo, sin desperdiciar munición alguna. Más de 30 años después, esa historia aún está presente ya que muchos líderes de la dictadura aún no han sido sentenciados. Nuestra toma de contacto con la cruda realidad del país fue a través de los Killing fields o fosas comunes, en concreto visitamos el memorial de Choeung Ek, una estupa de más de 15 metros llena de cráneos extraídos de las fosas contiguas.

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No soy partidario de olvidar el pasado sino de aprender de él, y con la historia pasa exactamente igual. En mi caso la visita además de afectarme bastante me hizo reflexionar para bien. Hay tantísimas cosas por resolver en la sociedad, que aquellos que hemos tenido la suerte de tener una buena formación estamos casi obligados a devolverle esa suerte a los que más la necesitan. Si todos damos un poco de nosotros en lugar de pedir más y más, conseguiremos alcanzar unos estándares de vida mucho más altos para el conjunto de las personas. Los jémeres, que es como se conoce a los camboyanos, han aprendido del pasado y viven el presente con mucho entusiasmo, intentando crecer como país, formándose estudiando idiomas, pero sobretodo con una actitud positiva envidiable. No hay quien les borre la sonrisa de la cara.

La última parte de nuestro viaje por Camboya nos llevó a las islas del sur. Tras varios días de fiesta en Sihanoukville cogimos el ferry hacia Koh Rong, una isla paradisiaca bastante famosa entre mochileros. No era para menos, tenía absolutamente todo lo que se pudiera imaginar: fiesta en la zona sur, con millones de packs de actividades (buceo, pesca,etc.), y relax al oeste en Long Beach. Nosotros probamos la zona de fiesta y cuando nos cansamos pusimos rumbo a Long Beach, pero en vez de ir en bote como el resto de personas decidimos ir andando. La caminata por la jungla fue divertida, el problema llegó cuando nos percatamos de que Long Beach eran casi 7 kilómetros de playa y que los bungalows estaban justo al final. Si a esto le sumas el calor y la mochila a la espalda, lo podríamos catalogar incluso de proeza. Aún así llegamos y nos pegamos un festín para celebrarlo. Nuestros días en el paraíso se resumieron a hacer snorkel, leer un poco, contemplar el horizonte y estar tirados en la playa. Normal que abandonásemos Camboya en un estado de felicidad total.

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