El arte del Autostop

Nada más aterrizar en el aeropuerto de Bangkok me encontré con mi amigo Carlos Tubío, que iba a ser mi compañero de batallitas para los próximos 2 meses de viaje. Recogimos las mochilas y partimos hacia el centro de la ciudad, donde nos esperaba un filipino que iba a hospedarnos varios días gracias a Couchsurfing.

Dicen que las primeras impresiones siempre son las más certeras, y la mía respecto a Bangkok no fue buena en absoluto: una humedad del 800%, un cielo constantemente gris debido a la contaminación y alrededor de 11 millones de habitantes que la convertían en una ciudad totalmente caótica. No obstante, nosotros disfrutamos de lo lindo de ese caos en nuestro primer día. Tras literalmente saltar a un bote que te llevaba a toda velocidad por el río Chao Phraya, cogimos uno de los famosos tuk-tuk para hacer una ruta por los templos más importantes. Por algo más de 1€ nos paseó por la ciudad durante dos horas e incluso nos llevó a comer nuestro primer Pad Thai, más barato imposible desde luego. Aun así, a ellos también les sale rentable ya que reciben comisión tanto de los restaurantes en los que paran como de las oficinas de turismo, que le dan vales de gasolina gratis por llevar allí a turistas.

Nuestra llegada a Tailandia coincidió con la muerte del rey Rama IX , que llevaba reinando durante los últimos 70 años y era increíblemente querido por todos los tailandeses, hasta el punto de ser considerado como un verdadero padre para ellos. El gobierno decretó un mes de luto en el que estaba completamente prohibida la fiesta, teniendo que apagarse en los bares la música a media noche. Además, todo el país comenzó a vestir de negro en señal de respeto al rey. Nosotros comprendimos la importancia de su muerte al momento de llegar al Palacio Real. Habían instalado unas carpas gigantes a lo largo de varios kilómetros, donde ofrecían todo tipo de comidas y bebidas de manera gratuita para aquellos que venían a visitar el palacio. Era una atmósfera completamente altruista, en la que cada uno aportaba a los demás lo que podía. El objetivo principal era que los tailandeses de las regiones más pobres también pudieran asistir al funeral y tuvieran algo para alimentarse.

Tras varios días en Bangkok pusimos rumbo norte, parando en primer lugar en Ayuthaya, la antigua capital del reino. Puede que sea debido al contraste de haber visitado Bangkok en primer lugar, pero nos encantó esta ciudad. Estaba repleta de templos budistas en ruinas que aún conservaban gran parte de su esplendor. Nuestro favorito sin duda fue el Buda reclinados de casi 40 metros de longitud, así como la cabeza de Buda que cayó al suelo y fue enterrada de manera natural por varias raíces.

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La siguiente parada era Sukhothai, 4 horas al norte de Ayuthaya. Por fin llegaba el gran día de estrenarnos haciendo autostop, así que tras encontrar varios cartones y pedirle a una tailandesa que escribiese nuestro destino final, empezamos a intentar parar algún coche en la autovía. Por suerte nos habíamos informado previamente y sabíamos que nuestro clásico gesto del pulgar hacia arriba aquí no servía para nada, sino que había que pararlos como si de un taxi se tratara, y funcionó. A los 15 minutos nos recogió el primer tailandés, que nos invitó a unos ricos pinchitos de pollo antes de dejarnos en una gasolinera. Tras él nos subimos en otros 4 coches más a lo largo de la mañana, todos tailandeses, todos simpatiquísimos y todos nos invitaron a algo de comida o bebida durante el trayecto. Estábamos alucinando de lo amables que eran con nosotros, y aún lo estamos de hecho. En Sukhothai pasamos únicamente dos noches, suficiente para visitar las ruinas de la ciudad antigua y probar sus puestos callejeros. Fue aquí cuando empezamos a aficionarnos a los Sandwich del 7 eleven, menudo joya de descubrimiento!

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Proseguimos de nuevo 4 horas rumbo norte hasta encontrarnos con Chiang Mai, esta vez con más suerte si cabe en el autostop. Nos recogió una familia tailandesa, que tras pedirnos si podíamos acompañarles a un templo a realizar unas ofrendas al rey, nos invitó a pasar el día con ellos en unas cascadas y ni siquiera nos lo pensamos. La comunicación en inglés estaba complicada y el traductor de Google no ayudaba en absoluto, pero nos echamos unas buenas risas intentando entendernos. Una vez en Chiang Mai aprovechamos para disfrutar de sus mercadillos nocturnos y aprender un poco más acerca del budismo, que es la religión principal del país. En la mayoría de los templos tienes la oportunidad de charlar gratuitamente con los monjes budistas, así que aprovechamos para preguntar todo lo que se nos pasaba por la cabeza y así poder comprender un poco mejor sus tradiciones.

Aun así, sin duda alguna lo mejor de Tailandia fueron los elefantes. Casi la totalidad de los turistas entra en contacto con estos animales en su visita al norte del país, pero hay que escoger adecuadamente el sitio porque en muchos maltratan a los animales para que posteriormente tu puedas disfrutar de ellos domesticados. La mejor opción es visitar un santuario o algún centro de recuperación, donde los cuidan tras haber sido explotados anteriormente. Nosotros tuvimos mucha suerte y nos recomendaron visitar una familia de elefantes que se encontraba en total libertad en medio de la jungla, a dos horas en coche de la ciudad. Al principio no sabíamos cómo actuar con las moles esas a nuestro alrededor, pero acabamos perdiéndoles el miedo y moviéndonos entre ellos como si nada, dándoles de comer, limpiándolos, bañándolos en el río e incluso jugando con el más “pequeño”. Fue increíble verlos en libertad, destrozando por completo la jungla mientras se comían todo lo que aparecía a su paso.

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La última parada del norte fue Pai, un pueblo hippie rodeado de montañas y cascadas que nos enamoró por completo. Alquilamos unas motos, casi regaladas más bien, y recorrimos todos los templos, arrozales, cascadas, aguas termales, montañas y paraísos que os podáis imaginar. Para culminar los días, tenías un maravilloso mercadillo nocturno que ocupaba casi todas las calles del pueblo y en el que podías comer cualquier tipo de comida tirada de precio. Este pueblo es además parada obligatoria de todos los mochileros, por lo que había un ambiente súper joven y un montón de bares para poder tomar unas buenas cervezas. Nos quedamos únicamente 3 días, pero ojalá hubiesen sido 3 años.

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