De lo salvaje a las ciudades

Sin duda alguna lo más impresionante de este país es su naturaleza, que no ha sido modificada en absoluto por el hombre como sucede en la mayoría de los lugares, sino que al contrario, es completamente salvaje y han aprendido a convivir con ella, sin pretender domesticarla. Si a esto le unes la gran variedad de fauna existente, y no me refiero a nuestras amadas palomas (que también las tienen), sino a lagartos y murciélagos inmensos, loros, cacatúas, koalas, canguros, pingüinos, wombats, wallabies y un infinito etcétera, el simple hecho de pasear por Australia es un regalo para la vista.

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No obstante, nosotros decidimos abandonar un poco ese paraíso para dirigirnos al sur hacia Sydney en nuestra molona furgo, recorriendo alrededor de 1.000 km de la costa este. Lo gracioso de las distancias en Australia es que debido a la escasez de autovias, las 9 horas que tardarías en cubrir esa distancia en España aquí se hacen en 14 horas aproximadamente, por lo que nos toco echar horas extras de conducción en los 4 días de camino. Tras una parada rápida en Byron Bay, seguimos el consejo de unos borrachos ingleses y nos dirigimos rumbo a Nimbin, el pueblo más hippie de Australia. Nimbin es un destino típico entre backpackers porque hay cierta tolerancia con respecto a la venta de marihuana, pero el pueblo en sí mismo deja mucho que desear ya que es simplemente una calle de apenas 500m con borrachos por todos lados. Tras abandonar Nimbin, nos dirigimos hacia Coffs Harbour para intentar surfear al día siguiente en Diggers Beach, una playa preciosa en la que disfrutamos la mejor surfeada del viaje con diferencia. Tardaron en aparecer las buenas olas en el viaje, pero más vale tarde que nunca.

Después de hacer una parada nocturna en un bosque tenebroso y solitario de Port Stephens, que me evito comentar, llegamos a la todopoderosa Sydney donde nos esperaban con los brazos abiertos unos amigos sevillanos. Estuvimos alrededor de 3 días pateándonos la ciudad y yendo a los sitios más emblemáticos: Bondi Beach, Opera House, Harbour Bridge, Botanic Gardens, etc, y puedo decir que pese a ser preciosa, es muy similar al resto de ciudades cosmopolitas que existen en otros países. Además, después de haber convivido tan cerca de la naturaleza, no termina de entusiasmarme vivir en una ciudad de casi 5 millones de habitantes y rodeado de rascacielos.

Me tocó despedirme de nuevo, ya que el resto de amigos volaban de vuelta a España. Pese a todo, aún me quedaban 4 o 5 días en Sydney antes de poner rumbo norte así que aproveche para surfear un poco. El último día antes de partir, conocí a varios brasileños y decidimos alquilar un coche para visitar Port Stephens, una parada que me venía de perlas porque estaba a medio camino de mi próximo destino, por lo que ellos iban a hacer el viaje de ida y vuelta y yo me quedaba allí para seguir subiendo al norte. Lo gracioso de la vida es que muchas veces nos empeñamos en planificarla y marcar un rumbo, pero la vida nos acaba llevando a cualquier otro lugar. En mi caso, el que iba a alquilar el coche tenía el carnet caducado, así que tuve que sacarlo yo y volverme a Sydney con ellos. Tras cancelar las noches del otro hostel, encontré una gran oferta para llevar gratis una furgo a Melbourne, ciudad que no tenía pensado ver por estar justo en el sentido contrario, pero me deje llevar por el momento y puse rumbo sur con la felicidad de un niño. He de reconocer que ese tipo de decisiones impulsivas siempre han sido muy de mi gusto.

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Los siguientes 3 días y 1.100 km de camino a Melbourne fueron muy divertidos, sobretodo porque la furgo tenía estropeada la batería auxiliar así que no podía cargar el móvil. Aun así lo que más me impactó fue conducir de noche por las carreteras de doble sentido. En España, cuando aparece la clásica señal de presencia de animales, tienes que tener mucha suerte para ver alguno alrededor, mientras que en Australia se te lanzan literalmente al coche. Yo tuve la suerte de que no se me cruzara ninguno, pero el arcén de la carretera estaba lleno de canguros, wallabies y wombats muertos, y es que según parece raro es el australiano que no ha tenido algún coche siniestrado por estos accidentes.

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Tras llegar con éxito a Melbourne, y con un frío considerable, me recogió mi host de Couchsurfing Paul, un australiano que ha acogido a más de 600 personas en los últimos años y que es un apasionado de los viajes, así que tuve la suerte de que me enseñara la ciudad personalmente. Melbourne es bastante similar a Sydney, tanto en tamaño como en la gran cantidad de parques y rascacielos, aunque es atravesada por el río Yarra que le da un toque bastante más acogedor. Aunque la naturaleza no es tan apreciable como en Sydney, fue allí donde tuve la suerte de ver pingüinos y koalas en libertad. De momento vuelo otra vez rumbo Brisbane, pero quién sabe dónde acabaré esta vez 😉

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Un comentario sobre “De lo salvaje a las ciudades

  1. Me encantan todas las aventuras que estás viviendo y lo que cuentas sobre los animales en Australia es impresionante.
    Un abrazo muy fuerte que ya me queda menos para dártelo en directo

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